Creatividad: más allá de lo que vemos

Cuando trabajo con niños y niñas pequeños me pregunto de qué manera puedo conservar su creatividad, su imaginación, sus ganas de jugar con la fantasía a través de los sentidos y de la percepción. Cómo puedo extraer de ellos su talento respetando su ritmo y preservando sus iniciativas, su visión particular.

Jorge Eines, reconocido profesional de la enseñanza teatral opina que en el juego dramático con niños se debe optar por tratar primero el tema y luego los personajes.

Personalmente me inclino por abordar este proceso primero desde la observación, su tono corporal y la forma de moverse, el espacio que ocupan, escuchando sus diálogos, sus juegos, el ritmo, sus creaciones, viendo sus necesidades y siguiendo sus iniciativas.

En segundo lugar mi labor consiste en facilitarles objetos sencillos, a los que ellos dotarán de una nueva vida gracias a su creatividad e imaginación. Entiendo que la labor del docente en este caso es la de facilitar y guiar su producción creativa, aunando las diferentes creaciones individuales en una obra colectiva resultado solo de su propia imaginación.

La primera actividad que se me ocurrió con los peques de mi grupo de San Ignacio fue la de mostrarles cuadros de pintores reconocidos, y escuchar sus reacciones, lo que veían y percibían, cómo interpretaban las obras o la forma en que se fijaban en pequeños detalles que normalmente pasan desapercibidos para los adultos. Enseguida pude comprobar la magia que había en sus interpretaciones o en cómo sus temores y miedos salían a relucir cuando describían las obras que les mostraba. A partir de los detalles que ellos mismos reflejaron en los dibujos que realizaron, creamos una nueva historia.

A raíz de esta actividad se me ocurrió una experiencia que partiría de los objetos sencillos que antes mencioné: telas, cajas, hilos, zapatos, papeles o pinturas; éstos serían la base de este nuevo mundo creado por ellos. Todo cobraba vida en sus manos y en cada sesión se trabajaba para darle forma a ese mundo imaginario. Así, el aula se convirtió en una exposición que incorporaba todos los elementos que habían creado o utilizado, decidiendo en cada momento dónde iban a parar el zapato parlanchín, el botón tímido, el dibujo de Cristina o la bata de médico de María; también la risa de Andrés cuando los ratones se comieron sus galletas, el ritmo de  las manos de Raquel y Paula, y de sus botones al chocar con la pared o el barco creado por Iñaki y conducido por Sofía; el baile de María subiendo y bajando. Martina y su Papanoela que llevaba hormiguitas al hospital de María. El Castillo de las Sirenas de Aroa y Begoña. El Gran lago donde Rodrigo y Jimena avanzan para encontrar al perro verde que cruzó sobre un cocodrilo.  Valeria y su gran capa con poderes. Marta y su pendiente mágico.

Cuando todos los elementos imaginarios y los reales estuvieron distribuidos, siguiendo los criterios de su propia fantasía, salimos de la sala y con su ayuda elaboré un relato sencillo y ordenado que cobraba vida según íbamos pasando por los distintos espacios. De esta forma fueron creando su propia historia sin esfuerzo, sin aprender un guión, sin buscar la atención del adulto. Solo les movía su afán por vivir su propia invención una y otra vez, con la particularidad de que a cada paso, los personajes iban cobrando una nueva dimensión, enriqueciéndose y dando lugar a una nueva historia colectiva.

En otras ocasiones he aprovechado un hecho real puntual, para introducir en un segundo momento elementos imaginarios que conduzcan a crear una historia y vivenciarla. Por ejemplo: que se deshicieran las galletas que Andrés traía en su tupper nos dio pie a hablar de un ratoncito que había desmigado las galletas, a lo que ellos añadieron un buen número de ideas al respecto: que el ratón vivía en el colegio, que solo salía cuando los niños estaban en silencio, etc. De ahí pasaron a construirle una casita de madera, se escondieron debajo de telas para ver si aparecía el ratoncito, alguno opinó que no aparecía porque estaba ayudando a su primo el Ratoncito Pérez…

En una dinámica reciente entre todos decidieron hacer un cohete; paralelamente comenzaron a crear diferentes atmósferas (elementos variables) relacionadas con el cohete (el elemento fijo): así crearon el espacio de las estrellas, el de las rocas celestes o el de las escobas voladoras. Mi labor en este contexto es proteger los espacios creados y las distintas atmósferas que su invención produce a partir de un objeto (el cohete en este caso) o a partir de un tema.

Estas experiencias nos enseñan a los educadores que lo que se necesita en el teatro infantil es ir más allá de lo evidente, que tenemos que permitir que la imaginación de los pequeños actores y actrices se siga desarrollando sin cortapisas, respetando y protegiendo sus producciones y atmósferas. Que esta forma de proceder les ayuda a formarse y a sentirse libres a través de sus vivencias y sus emociones, y que si sabemos motivarles, el avance que manifiestan es realmente notable.

María José Domenech, profesora de Teatro del Colegio San Ignacio de Loyola y pedagoga.

By | 2019-06-04T12:55:52+00:00 mayo 20th, 2019|Educación en vivo|0 Comments

Leave A Comment