Entrar en clase cubiertos con ropajes dignos de un rey

“Cuando llega la tarde, regreso a mi casa y entro en mi estudio. En la puerta me despojo de mi ropa de trabajo, cubierta de barro y polvo, y me cubro con ropajes regios y suntuosos. Así, apropiadamente vestido, entro en las antiguas cortes de los hombres antiguos y ellos me reciben con afecto. Allí me nutro de un alimento que me pertenece y para el que he nacido”.

Con esta cita de Maquiavelo como constante en la entrada de la clase de Literatura Universal he comenzado el curso proponiendo a mis alumnos un diálogo. Partiendo de textos clásicos compartimos cada día nuestra experiencia de la lectura y del contexto cultural en que se enmarca. Apostar por el diálogo como metodología principal de la clase es arriesgado ya que de partida uno nunca sabe qué le va a contestar el individuo con el que dialoga, por tanto, aunque lleves muy bien preparado el recorrido hay una puerta abierta muy grande al imprevisto (y bendito imprevisto). Por otro lado, del diálogo nace siempre un pequeño milagro, pues implica que un hombre sale de sí mismo para mirar a otro, al que tiene delante.

Así comenzamos la asignatura de Literatura Universal en septiembre los chicos de 1o de bachillerato y yo. Con la premisa de entrar en clase como expresa Franco Nembrini: “cubiertos con ropajes dignos de un rey, es decir, conscientes de nuestra dignidad de hombres, de la grandeza de nuestro corazón y de nuestro deseo”, pedí encarecidamente a los alumnos que fueran honestos y entraran en el aula siempre con sus preguntas más grandes, más verdaderas. Terminada la evaluación me conmueve ver cómo todos se han fiado de esta invitación y con generosidad y sin vergüenza han puesto delante de los demás aquello que más les inquietaba.

De esta forma hemos realizado un recorrido durante la evaluación que puede hoy clasificarse en tres grandes preguntas: ¿de dónde vengo?, ¿quién soy?, y ¿para qué estoy hecho? Este recorrido no ha sido programado por mí, sino surgido del milagro del imprevisto que conlleva arriesgarse a mantener un diálogo verdadero.

El primer tema que abordamos fue la Antigüedad y los mitos clásicos. Nos centramos en los intentos del hombre por dar respuesta al origen de la humanidad y leímos fragmentos del Génesis y de Las metamorfosis de Ovidio. Los alumnos pudieron experimentar que esta necesidad de conocer y dar explicación al origen del hombre y de las cosas no era ajena a ellos. En este primer momento mostraron admiración ante el hecho de concebirse como criaturas, es decir, como seres creados y no fruto del azar. Cuando les pedí que me señalaran de los textos aquellas partes que más les habían conmovido coincidieron en dos que referían a la creación del hombre: la primera del Génesis: “creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó” y la segunda de Ovidio “con divina simiente lo hizo aquel artesano de las cosas”. En este punto surgió del diálogo una conclusión: somos creados con una promesa, con una “divina simiente” que nos hace mirar a las estrellas, al infinito, a lo eterno. Sin embargo, y casi de forma inmediata, una alumna protestó y me increpó: “si estamos hechos para la eternidad ¿por qué nuestra vida es una sucesión constante de cosas que se acaban?”, e insistió, “si yo no he elegido tener dentro el deseo de bien, pero lo tengo, ¿por qué tantas veces no hago el bien, ni siquiera con aquellos a los que quiero?

En este punto comenzamos la lectura de Medea, la gran tragedia de Eurípides en la cual la protagonista, al verse rechazada y despreciada por su esposo, decide vengarse de la forma más trágica provocando en su enemigo (aquel que había sido motivo de su amor) el mayor dolor posible. Los alumnos reconocieron en seguida el conflicto universal del hombre: estamos hechos con un deseo inmenso de bien pero atados por nuestras bajezas. “No siempre hago el bien que deseo, no siempre amo como quisiera ser amado”, reconocía uno de ellos. ¡Qué gran misterio el del hombre! ¡Qué aparente contradicción!

Atrapados en el conflicto que supone la gran segunda pregunta de nuestro recorrido: ¿quién soy?, comenzamos a leer la Divina Comedia de Dante. Con las primeras estrofas nos sumergimos en un diálogo muy profundo del cual surgió la tercera y última pregunta: ya intuyo de dónde vengo, ya he empezado a conocer y reconocer lo que soy, y ahora, ¿para qué estoy hecho? “En el medio del camino de la vida / me encuentro en una selva oscura (…) Mas al llegar al pie de una colina / (…) alcé los ojos y vi la matutina / luz en el altozano.” La Divina Comedia de Dante ha removido absolutamente nuestra clase, nos ha puesto en situación: el poeta, (tú y yo), perdido en la oscuridad y en la desesperanza, alza la vista y ve a lo lejos la luz. Esa luz es verdadera, es real, y la deseamos, por tanto, hemos de ponernos en camino siguiendo nuestra intuición hacia el bien. “Yo creo que esa divina simiente de la que hablábamos al principio del curso es esa luz lejana, es esa tendencia hacia la verdad y el bien que tenemos todos” se atrevió a decir una alumna, “es como si naciéramos con una estrella que nos recuerda cada día que estamos hechos para el infinito, y esto podemos vivirlo en nuestras relaciones cotidianas”.

Maquiavelo dice que cuando entra en diálogo con los grandes clásicos “ellos, por su gran humanidad, me responden y durante cuatro horas no siento aburrimiento, olvido todo problema, no lamento mi pobreza, no tengo miedo a la muerte y me entrego por completo”. Los alumnos de 1o de bachillerato y yo como profesora podemos afirmar como verdadera esta cita.

Tras el recorrido realizado por los clásicos hemos sentido la necesidad de compartir con los demás el milagro que ha estado sucediendo en nuestra clase, es decir, cómo fruto del diálogo honesto hemos crecido todos. Así ha surgido la idea de expresar por medio de la pintura (la mayor parte de los alumnos pertenecen al bachillerato de artes) el recorrido realizado. Ha nacido un proyecto interdisciplinar acompañado por Regina, profesora de Dibujo y otras asignaturas de artes, cuyo producto es una columna pintada a mano por los alumnos que expresa en cada una de sus caras el camino recorrido. El motivo recurrente en cada dibujo: las estrellas.

María González Castro Profesora de Lengua y Literatura Universal del Colegio San Ignacio de Loyola

By | 2018-12-11T11:18:39+00:00 diciembre 11th, 2018|Educación en vivo|0 Comments

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