Entrevista J.J. Gómez Cadenas

J. J. Gómez Cadenas

 

“La mejor definición de un científico es la de un hombre (¡o mujer!) que se asombra. Y se asombra por muchas razones a veces contradictorias. Por la armonía del cosmos y por su desorden, por su inmensa belleza y su no menos inmensa desolación, por la verdad que revelan sus experimentos y las verdades que se le escapan”.

¿Qué es lo que te fascinó (y fascina) de la física?

Su capacidad de explicar el mundo. ¿Te acuerdas de la famosa canción infantil, la que dice: “twinkle, twinkle little star/how I wonder who you are”?. Pues bien, la física moderna nos dice quién (qué) es esa estrella, de qué está hecha, cuales son las leyes que ordenan su vida y su muerte. Y mucho más. Cuántas estrellas hay en la galaxia, cuántas galaxias en el universo, a qué distancia de nosotros, cómo se reparten. Y mucho más aún. De dónde vienen, qué las originó. Y fíjate que a pesar de todo lo que explica la física, la sensación de maravilla (how I wonder) no se desvanece en aquel que la estudia, al contrario, aumenta cuanto más profundiza en ella.

¿Qué es lo que te ha llevado a realizar tus experimentos en las entrañas de una montaña?

He hecho experimentos en muchos sitios. Trabajé muchos años en el CERN (Ginebra) y en SLAC (Stanford, USA), haciendo experimentos con haces de partículas. Ahora busco un tipo de fenómeno diferente, un proceso nuclear rarísimo (llamado desintegración doble beta sin neutrinos). Si lo encontráramos demostraríamos que el neutrino es su propia antipartícula y eso a su vez nos serviría para ayudar a responder una de las grandes preguntas que la física del siglo XXI todavía no ha resuelto: por qué el universo que observamos está hecho de materia? Es un profundo misterio que sea así, ya que sabemos que las reacciones elementales producen igual cantidad de materia y antimateria y por tanto en el BIG-BANG materia y antimateria deberían haberse producido en las mismas cantidades. Pero si ese hubiera sido el caso, entonces toda la materia original se habría aniquilado con la antimateria original y no habría habido nunca universo. Creemos que un neutrino primigenio pudo inyectar un pequeño exceso de materia sobre la antimateria en sus desintegraciones. Pero ello ese neutrino debería ser capaz de desintegrarse en materia y antimateria (y un poco más en materia). El caso es que una partícula capaz de desintegrarse en materia/antimateria tiene que ser su propia antipartícula y eso es lo que pretendemos demostrar en mi experimento (NEXT: http://next.ific.uv.es/next/). Como te decía, si se da esa circunstancia (la de que el neutrino es su propia antipartícula) entonces se produce una rara desintegración. Esa desintegración puede observarse (y el experimento NEXT se ha diseñado para hacerlo) pero el nivel de ruido de fondo debido a la radioactividad ambiental y a los rayos cósmicos que bombardean la Tierra procedentes del espacio es 15 órdenes de magnitud superior a la señal. Es decir, encontrar la señal que buscamos es bastante más difícil que encontrar una aguja en un pajar, es tan difícil como encontrar un grano de arena en una playa.

Nos escondemos bajo una montaña para atenuar los rayos cósmicos y disminuir, en la medida de lo posible los ruidos radioactivos. Somos (me consta) como modernos enanos, encerrados en nuestras minas de Moria…

¿Por qué es fundamental para la investigación y, más en particular, para la enseñanza, no perder la capacidad de asombro, la inquietud y la sorpresa frente a todo?

La investigación es un camino. Recorrerlo nos enseña a preguntarnos la razón de las cosas y a no conformarnos con cualquier respuesta, a ser honestos y exigentes con la verdad. También nos exige curiosidad, rigor y dedicación. Nos lleva a entender mejor el mundo y a nosotros mismos. De paso, a veces se hacen descubrimientos que cambian la vida de la gente (y casi siempre para bien). Toda la riqueza real de nuestra sociedad está basada en la investigación y la tecnología asociada a esta. Las sociedades que no investigan, que no creen en la ciencia, se vuelven supersticiosas, conformistas y apocadas. Precisamente, creo que la mejor definición de un científico es la de un hombre (¡o mujer!) que se asombra. Y se asombra por muchas razones a veces contradictorias. Por la armonía del cosmos y por su desorden, por su inmensa belleza y su no menos inmensa desolación, por la verdad que revelan sus experimentos y las verdades que se le escapan. La investigación, la ciencia, es uno de los pilares que nos definen como humanos modernos, aunque no es el único. El arte, la filosofía, la literatura, la música, la política (en el mejor sentido de la palabra, cuya raíz es griego, “Polis”, ciudad, por tanto habla del ejercicio de ser ciudadanos), también contribuyen a elevarnos.

¿Es posible, también para un científico experimentado, volver a ser como un niño?

Si no tienes la capacidad de hacerte niño (cada día) no sólo como científico, sino como padre, como amigo, como artista, como esposo, como ciudadano, estás perdido.

Recientemente, en una entrevista Zygmunt Bauman afirmaba: “Estamos en un estado de interregno, entre una etapa en que teníamos certezas y otra en que la vieja forma de actuar ya no funciona. No sabemos qué va a reemplazar esto. Las certezas han sido abolidas”. ¿Qué opinas de esta afirmación? ¿Cuál crees que debe ser la responsabilidad de la universidad y de la escuela frente a esta situación de incertidumbre?

Estoy bastante de acuerdo con él. Creo que en la escuela, debemos aprender, sobre todas las cosas el valor del pensamiento crítico y del respeto a los demás. Si me apuras, creo que iría un paso más. Si aprendiéramos a amar a los demás, a desarrollar nuestra empatía no sólo hacia nuestros amigos y correligionarios sino hacia aquellos que son diferentes, que no piensan como nosotros, avanzaríamos mucho hacia un mundo menos triste y enloquecido. Homo sum, humani nihil a me alienum puto. Soy hombre. Nada humano me es ajeno.

De hecho, desde hace años has entablado públicamente diálogo con personalidades muy distintas, no sólo del ámbito de la ciencia, sino también de la religión, la literatura, etc. ¿Por qué es tan importante para ti esta “cultura del encuentro”, expresión que ha utilizado recientemente el Papa Francisco? ¿Qué importancia puede tener para el mundo de hoy este encuentro entre distintos?

¿Qué valor tiene para mí, como científico y como persona dialogar sólo con aquellos que piensan como yo? ¿Qué puedo aprender, qué puedo enseñar, como me puedo enriquecer, de qué manera voy a contribuir a expandir esa empatía de la que te hablaba si sólo converso con quién es mon semblable, mon frère? Pero es que además, siento una curiosidad infinita por entender cómo piensan y sienten hombres (¡y mujeres!) que admiro y que se mueven en otros registros diferentes a los míos. Considera el caso de nuestra común amiga Lupe, artista dotada de la más exquisita sensibilidad. O bien Javier Prades, del que no sé si me maravilla más su enciclopédico conocimiento filosófico o su profunda inteligencia. Ambos son cristianos. Yo no lo soy, no tengo fe. ¿Debería sentir rechazo por el hecho de que ellos poseen algo que a mí se me escapa? Al contrario. Dado que los admiro a ambos, asumo que puedo aprender algo de ellos, o al menos hay algo que podemos descubrir juntos, dialogando, compartiendo vivencias, tendiendo entre nosotros, como diría Mario Benedetti, puentes como liebres…

Es habitual encontrar un cierto desánimo o ambiente de desesperanza entre profesores, tanto en la universidad, como en colegios e institutos. ¿Qué crees que es fundamental para seguir enseñando?

Ya hace algunos años que no enseño clases regulares, ya que mi proyecto de investigación es muy exigente, lo que me llevó a cambiar mi cátedra en la Universidad de Valencia por un puesto de Profesor de Investigación del CSIC. Pero sigo dando muchas conferencias y cursos de doctorado (más fuera que dentro de España). Enseñar no es fácil. Hay que pelear contra las disparidades entre el nivel de los alumnos y a veces su falta de interés, hay que encontrar el ánimo para no repetirse y no adormilarse, hay que ser clarividente y también un buen actor. Pero hay un momento en que conectas con los alumnos, o con el público que asiste a tu charla, un momento en que captas unos ojos brillantes, maravillados, que te dicen: valía la pena.

Eres padre de dos hijos, que probablemente han introducido en tu vida una auténtica revolución. ¿Por qué merece la pena ser padre, gastar tiempo y energías en educar y ayudar a otros?

Permíteme que responda a esa pregunta con una pequeña anécdota, de hecho con una anécdota que se repite dos veces. La primera vez, estoy paseando por Venecia, hemos ido a un congreso, mi primera hija, Irene, es un bebé de 6 meses (siempre nos hemos llevado a nuestros hijos a todas partes) y yo voy paseando por la plaza de San Marcos empujando su carrito. Las mujeres se cruzan conmigo, me sonríen, agasajan al bebé. Yo hincho pecho, siento que mis pies no tocan el suelo, me sé, literalmente, el rey del mundo, el tipo más importante del planeta. Una escena, casi idéntica, se repite en Tokyo, 4 años después, pero esta vez paseo a Héctor, ¡y las japonesas son aún más mimosas que las italianas! De hecho un grupo me para en mitad de la calle y me suplican que les deje tomar al niño en brazos. Consiento, pavoneándome como un pavo real, convencido de que todo el mundo en Tokyo habla de mí (o de mi bebé, que para el caso es lo mismo) con envidia y admiración…

En ambos casos, en mitad de la borrachera de felicidad y autosuficiencia, la revelación de que la mayoría de los hombres y mujeres recibimos la bendición de ser padres y madres, la noción de que ese sentimiento de de absoluta transcendencia que me anega lo ha sentido todo el mundo. Quizás otros no son capaces de formularlo con tantos colores, pero mi padre tenía un diario en el que anotaba cada pequeño detalle sobre sus hijos cuando éramos pequeños, mi mente y la tuya, mis cajones y los tuyos (o nuestros discos duros y dropboxes) y los de millones de personas están llenos de fotografías de padres y madres que miran a sus hijos y esas miradas encierran todo el infinito en ellas.

De todas las cosas que me maravillan en esta vida (y hay muchas) ser padre es la más esencial y también la más misteriosa. ¿Por qué merece la pena ser padre? Para un impenitente agnóstico como yo, no hay nada que se acerque más a lo transcendente, que haber visto (y seguir viendo, espero que para siempre) crecer a mis hijos, verlos transformarse en personas, darles y sentir su cariño. El otro día, la profesora de inglés de mi hija le puso un 10 en una redacción, junto a una notita: “I don’t give tens”. Déjame hacer lo mismo. Yo no creo en los milagros, pero no sé describir lo que significa ser padre de otra manera.

*Juan José Gómez Cadenas (Cartagena, 1960) es físico y escritor. Profesor de investigación del CSIC, dirige el experimento NEXT en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc (LSC). NEXT es una colaboración internacional que engloba unos ochenta físicos e ingenieros de varios países, incluyendo España, Portugal, Rusia, Colombia y USA.

En su faceta de divulgador y escritor de ficción, Gómez Cadenas colabora regularmente con la plataforma cultural JotDown. Ha publicado una colección de relatos (La Agonía de las libélulas, Zócalo, 1998), un libro de divulgación sobre energía (El ecologista nuclear, Espasa, 2010) y la novela Materia Extraña, Espasa, 2008). Su última novela, Spartana ha sido publicada por Espasa en Mayo del 2014. Twitter: @JuanJoseGomezC1.

 

By | 2017-11-01T20:42:51+00:00 abril 4th, 2016|Grandes Temas|0 Comments

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